Las Ausencias Electorales

Las pasadas elecciones locales, en seis entidades del país se caracterizaron por grandes y fundamentales ausencias: primero, y sobre todo, los electores que tuvieron una escasa participación que en promedio en las seis elecciones, apenas alcanzó el 33 por ciento promedio de los padrones sumados, y segundo, los partidos políticos y sus candidatos que pasaron sin pena ni gloria, sin conectar con los ciudadanos, pero eso sí con grandes recursos gastados. Hubo boda costosa pero sin novios y con padrinos meramente testimoniales.

Resulta más que alarmante que en Baja California votaran sólo el 29 por ciento de los electores y en Puebla el 33 por ciento, cuando en las dos entidades hubo elecciones para gobernador. Ni que decir de Quintana Roo donde la votación alcanzó sólo el 22 por ciento, en Tamaulipas el 32 por ciento, en Aguascalientes el 38 por ciento y en Durango un razonable 44 por ciento. Para mí estos resultados nos dicen que todos somos perdedores.

Digan lo que digan y celebren lo que celebren, ganar con 10 por ciento o menos del listado electoral no da solidez a ningún gobierno, ni a ningún representante popular, pero lo que sí genera son problemas de legitimidad. Se puede decir que esas son las reglas de la democracia representativa, pero no se puede sostener que un candidato que llega a un cargo con estos porcentajes representa a la voluntad popular. Es cuestión de enfoques.

Más allá de las personas y agrupaciones que ganaron o perdieron los cargos que estaban en disputa, los grandes derrotados fueron los partidos políticos, pero sobre todo, la gran derrotada fue la democracia mexicana.

El fundamento y la gran expresión de la vida democrática es, sin dudas, el voto ciudadano expresado en las urnas; el triunfo del abstencionismo es una expresión clara de que algo anda mal con nuestro sistema democrático representativo y particularmente, con nuestro sistema electoral.

El ciudadano no se siente ni escuchado, ni representado, ni atraído por las ofertas ni de los candidatos ni de los partidos políticos y prefiere dar la espalda a las elecciones y esto es triste y preocupante. Es triste porque refleja el desánimo de los electores y es preocupante porque seguramente la sociedad buscará otras vías para expresar sus posiciones político-democráticas, que en muchos casos, pueden dar paso al desorden, al caos y a la descalificación permanente de gobiernos y autoridades. Todo esto porque no hemos sido capaces de construir un andamiaje institucional que recoja realmente las demandas y deseos de los ciudadanos y lo exprese en leyes claras y adecuadas a nuestra realidad.

Tal parece que nos empeñamos en hacer oídos sordos y mantener la ceguera ante los acontecimientos, para desde las cúpulas seguir creando disposiciones electorales que ya han sido superadas por la realidad. Bien dicen que “no hay peor ciego que el que no quiere ver” y que el pecado más grande de los políticos no es otro más que la soberbia, el creer que todo lo saben y todo lo pueden. Pero los hechos son los hechos y contra eso no hay argumento que valga. Lo cierto es que el abstencionismo ha tomado control de nuestra democracia electoral

Habrá quien busque diversas explicaciones de por qué los ciudadanos deciden no votar, deciden no expresar su preferencia y se aducirán razones como el desencanto, el conformismo, el hartazgo, pero lo verdaderamente cierto es que el abstencionismo responde a que los ciudadanos no se sienten representados por quienes pretenden hacerlo.

Cierto es que desde hace muchos años se viene hablando de la crisis de los partidos políticos, no sólo en México sino en todo el mundo democrático, pero también es cierto que, salvo algunas experiencias con candidaturas independientes o sin partido, no se ha generado ningún tipo de alternativas a este sistema. Quizá lo que debemos hacer es realmente mejorar y eficientar el sistema de partidos y para eso necesitamos, de manera simultánea, por un lado, mejores leyes electorales que reduzcan sustancialmente el costo electoral y de la operación de los partidos políticos y promuevan una competencia electoral más equilibrada; y por otro lado, un cambio profundo al interior de los partidos políticos que redimensione su papel en la democracia mexicana y reconozca a un electorado más maduro y demandante.

Debemos transitar, y con urgencia, de elecciones caras con urnas vacías, a elecciones de bajo costo, con propuestas con las que el ciudadano se sienta representado. Lo que está en juego no es la supervivencia de uno o más partidos políticos, lo que está en juego es el desarrollo de la democracia mexicana y la confianza de los electores en sus gobernantes.

¡Muchas gracias y sean felices!

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